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Luis Cortés Briñol

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Esa nueva ultraderecha

[Artículo de opinión publicado en Diario de Noticias el viernes 13 de enero de 2006]

Les confieso que siento miedo. Miren que no me tocó escapar de mi tierra en tiempos franquistas. Tampoco incineraron vivo a ningún familiar o asfixiaron a seres queridos en cámaras de gas por ser judíos. No me tocó vivir esa parte de la historia. Una historia demasiado reciente como para sentir indiferencia cuando un memo neo-nazi analfabeto y sin corazón exhibe con orgullo la esvástica que lleva bordada en la manga de su cazadora, en recuerdo de un demoníaco Tercer Reich, el más despiadado de los genocidios.

Estoy hablando de los jóvenes herederos de unos ideales desfasados, de unas creencias abominables. Me refiero a quienes alaban la figura de Franco, vitorean a Hitler y centran su atención en tratar de combatir todo supuesto peligro para la patria, la justicia y Dios. Quienes, en cada ciudad, planean actividades empapadas de rencor para restaurar el bien de la nación. Suponen la expresión más agresiva del fascismo y se esconden tras asociaciones juveniles, partidos políticos o grupos hinchas de equipos de fútbol. Odian a los inmigrantes, homosexuales, vagabundos, izquierdistas, pensadores liberales y, en general, a quien consideran un ser inferior. Obnubilados por la sinrazón, idolatran a los dictadores más temidos, coronan al Ku Klux Klan como organización heroica y condenan todo pensamiento ajeno a sus dogmas.

No temen recurrir a la violencia, haciendo alarde de su supuesta condición aria, para saciar la sed de venganza por tanto daño hecho a una patria que no han conocido. Son marionetas; sus hilos los mueven tipos talludos, algo más inteligentes y cuya demencia les empuja a reclutar “soldados” que liberen a esa España querida de la escoria que infesta su geografía. A mi juicio, no saben lo que hacen. Individuos acomplejados y cobardes, paletos mequetrefes que temen a un peligro que no es real, odian por que no han sido educados en el arte de amar y permanecen anclados a un pasado que no les corresponde, pero siempre consideran mejor.

Y siento miedo cuando les veo agitar esas banderas preconstitucionales, águila imperial incluida, maldiciendo la democracia, gritando “negros fuera”. El terror recorre mi cuerpo con la noticia de que han prendido fuego a un indigente cuya falta había sido dormir esa noche en aquel banco. Me entra pánico cuando leo que apuñalan y matan a un chaval por tener una novia sudamericana. Es la lacra que hoy se nos viene encima. Un mal que se extiende por muchos países y encuentra adeptos entre los que menos tienen que perder. La caja de Pandora se ha abierto definitivamente y aloja en su interior a estas personas vacuas, carente de respeto por la vida, crecientes en aversión al prójimo conforme la sociedad gana en tolerancia. Maniquíes de corta edad que encarnan la más violenta involución social. Siento miedo por el devenir de la humanidad, si cada vez más adolescentes engordan las filas de esa extrema derecha recalcitrante, que no entiende de igualdad, no acepta y quiere imponer.

Mientras tanto seguiré soñando con un mundo mejor, un lugar en el que las banderas hayan perdido importancia y la cultura, la política, el capital o las creencias no impidan a los pueblos convivir y asentar la buena voluntad, la limpia conciencia y el sentido común en sus vidas.

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